
Las ballenas jorobadas del Pacífico: el viaje de 8.500 km hasta Colombia
9 de octubre de 2026
En septiembre, en Gorgona, una ballena jorobada pasó por debajo de nuestro grupo mientras esperábamos en superficie para bajar a bucear. Duró unos segundos. Lo que alcanzamos a ver fue una aleta blanca, enorme, abriéndose en el azul.

Esa ballena venía de la Antártida. Recorrió miles de kilómetros para llegar a aguas colombianas, igual que lo hacen miles de ballenas jorobadas cada año entre julio y octubre.
La de grandes alas
La ballena jorobada se llama Megaptera novaeangliae. Megaptera quiere decir «la de grandes alas», y el nombre tiene razón de ser: sus aletas pectorales pueden medir hasta 5 metros, casi un tercio de su cuerpo. Son las más largas de todas las ballenas.
Un adulto mide entre 12 y 16 metros y pesa entre 30 y 40 toneladas. La hembra es un poco más grande que el macho. Según NOAA, pueden vivir entre 80 y 90 años, y tienen una sola cría cada dos o tres años. Ese ritmo tan lento explica por qué una población tarda tanto en recuperarse.
En la cabeza tienen unos bultos llamados tubérculos, cada uno con un pelo sensorial. Y desde la costa casi siempre las delata primero el soplo, la columna de vapor que lanzan al respirar.

Un canto que cruza el océano
Los machos cantan. Producen canciones largas y complejas que repiten durante horas, y todos los machos de una población cantan con los mismos patrones.
La canción además cambia con el tiempo y se contagia de una población a otra. Un estudio publicado en 2022 en Royal Society Open Science encontró que el canto que se oyó en Ecuador en 2018 se había cantado antes en la Polinesia Francesa, en 2016 y 2017. Viajó unos 8.000 kilómetros de ballena en ballena. Es cultura animal.
De la Antártida a Colombia
Las jorobadas que llegan a Colombia pasan el verano austral comiendo en la Península Antártica y en el sur de Chile. Allí filtran con sus barbas toneladas de krill y peces pequeños, y acumulan la grasa que las va a sostener el resto del año.
Después suben bordeando Chile, Perú y Ecuador hasta sus zonas de reproducción, que van del norte de Perú al sur de Nicaragua. Son unos 8.500 kilómetros por trayecto, aunque no todas hacen la misma ruta. En Colombia llegan a Gorgona, Bahía Málaga, el golfo de Tribugá, Utría y Tumaco, entre otros lugares.

En el trópico casi no comen. Vienen a reproducirse y a criar, y viven de las reservas que traen de la Antártida.

Nacer en aguas colombianas
Después de unos 11 meses de gestación, la cría nace en aguas tropicales. Al nacer ya mide alrededor de 4 metros y pesa cerca de una tonelada. Toma una leche muy rica en grasa y crece rápido, porque en pocos meses tiene que estar lista para el viaje de regreso.
Es común ver a la madre con su cría y, a veces, con un tercer animal: un macho escolta. Acompañar no significa ser el padre. Otras veces lo que se ve son grupos de competencia: varios machos que se empujan, lanzan burbujas y golpean el agua con las aletas para quedarse cerca de una hembra.
La cría se queda con su madre cerca de un año. En ese tiempo aprende la ruta que va a repetir el resto de su vida.
Casi las perdimos
Durante siglos se cazaron ballenas por su grasa, de la que salía el aceite que alumbraba ciudades y lubricaba máquinas. En el siglo XX los barcos factoría y el arpón explosivo llevaron la caza a una escala nunca vista, y muchas poblaciones de jorobadas cayeron más de un 95 %.
Las del Pacífico no se salvaron. Entre 1908 y 1975, las estaciones balleneras de Chile y Perú procesaron 2.281 jorobadas de esta población, y hubo barcos factoría cazando frente a Ecuador y Colombia en 1914 y 1926. En los años noventa, toda la población del Pacífico sudeste se estimaba entre 1.900 y 2.700 ballenas.
El regreso
En 1966 se prohibió cazar jorobadas en el hemisferio sur. En 1982 la Comisión Ballenera Internacional acordó una pausa en toda la caza comercial, que empezó a aplicarse en la temporada 1985/86.
Funcionó. Una estimación con datos hasta 2018, hecha por 23 grupos de investigación con fotos de 6.354 colas, calculó la población del Pacífico sudeste en 11.784 ballenas. Crece un 5 % al año desde hace casi tres décadas. Hoy, la jorobada que pasa frente a Gorgona es una de casi 12.000. Hace treinta años habría sido una de 2.000.
Recuperada no quiere decir a salvo. Las redes y cabos en los que se enredan, los choques con embarcaciones, el ruido bajo el agua y los cambios en el océano siguen siendo amenazas.
Cada cola es una huella
La parte de abajo de la cola de una jorobada tiene un dibujo de blancos, negros y cicatrices que no se repite en ninguna otra. Igual que las manchas en la panza de las mantarrayas, sirve para reconocer a cada animal con una foto.
Así se descubrió uno de los viajes más largos registrados. Un macho fotografiado en el golfo de Tribugá en 2013 y en Bahía Solano en 2017 apareció en 2022 en Zanzíbar, frente a África, a 13.046 kilómetros. Lo encontró la plataforma Happywhale comparando colas, y se publicó en 2024.
En Colombia esta ciencia la hacen organizaciones como la Fundación Macuáticos, en el golfo de Tribugá, y la Fundación Yubarta, en Bahía Málaga. Si fotografías una cola completa, con fecha y lugar, puedes subirla a Happywhale. Tu foto puede ser un dato.

Cómo verlas con respeto
Las normas las pone Parques Nacionales, y son claras: 200 metros de distancia mínima, máximo 30 minutos con cada grupo, motor en neutro, nada de nadar con ellas y nunca seguir a una madre con su cría.
En el barco observamos desde la cubierta, con binoculares y hablando bajo. Si una ballena aparece mientras buceamos, el grupo se queda quieto y junto, y nadie nada hacia ella. Ver una ballena es una posibilidad, nunca una promesa.
Si quieres saber dónde y cuándo verlas el próximo año, preparamos una guía con la temporada de ballenas 2027 en el Pacífico colombiano.
Todos somos océanos.
Fuentes: NOAA Fisheries; Comisión Ballenera Internacional; Félix et al. 2021, estimación de la población del Pacífico sudeste; Schulze et al. 2022 y Kalashnikova et al. 2024, Royal Society Open Science; Parques Nacionales Naturales de Colombia.